- Elegí quién o quiénes crearon ese graffiti: ¿cómo son, qué los llevó a querer hacerlo, qué quisieron expresar a través del mismo?
- Elegí en qué momento se creó, si se hizo a escondidas, en un evento público.
- Definí el lugar que se eligió para plasmarlo: puede una calle transitada, un callejón solitario, una plaza, un edificio público, etc.
- Quien lo creó, ¿tuvo ayuda? ¿De quién?
- Definí quién va a narrar los hechos: puede ser el creador del graffiti o alguien que observe desde afuera la producción.
- ¿Qué repercusión tuvo el graffiti? ¿Qué sensaciones causa en quienes lo ven a diario?
- Recordá que los tiempos verbales y los adverbios pueden ayudarte a construir el momento de narración: incluí en tu escritura al menos tres adverbios de tiempo y hacé uso de los pretéritos trabajados.
Relatos breves
martes, 13 de octubre de 2020
Consigna de escritura
Graffiti, Cortázar
A Antoni Tàpies
Tantas cosas que
empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar el
dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo
la segunda vez te diste cuenta de que era intencionado y entonces lo miraste
despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las
precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, ningún carro
celular en las esquinas próximas, acercarse con indiferencia y nunca mirar
los graffiti de frente sino desde la otra acera o en
diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote enseguida.
Tu propio juego
había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado
de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar
carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con
tizas de colores (no te gustaba el término graffiti, tan
de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de
suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de
los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran
dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se
hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado
entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de qué lado
estaba verdaderamente el miedo; quizá por eso te divertía dominar el tuyo y
cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.
Nunca habías corrido
peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que
llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más
limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver
a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto
pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta
en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste
una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No
duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después
solamente seguiste haciendo dibujos.
Cuando el otro
apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía
doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo
peor, y ese alguien por si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías
probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un
trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas
solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella,
esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a
dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí
delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.
Empezó un tiempo
diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo
salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus
dibujos esas calles que podías recorrer en un solo rápido itinerario; volviste
al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción
insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno
de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún
más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas
rojas y azules en una puerta de garaje, aprovechando la textura de las maderas
carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los
colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una
interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las
patrullas ralearon en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un
rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero
ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en
tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo
que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la
imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un
poco.
Casi enseguida se te
ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos
volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de
los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garaje, a rondar la manzana, a tomar interminables
cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría
después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían
podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y
dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el
mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta
del garaje y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un
poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a
otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la
atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te
barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste
contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando la vuelta a la
esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la
lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los
alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la
tiraran en el carro y se la llevaran.
Mucho después (era
horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo
en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo
en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella ahí
en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela;
quedaba lo bastante para comprender que había querido responder a tu triángulo
con otra figura, un círculo o acaso una espiral, una forma llena y hermosa,
algo como un sí o un siempre o un ahora.
Lo sabías muy bien,
te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en
el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba
al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que
otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran
en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche
la ginebra no te ayudaría más que a morderte las manos, a pisotear las tizas de
colores antes de perderte en la borrachera y el llanto.
Sí, pero los días
pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo
para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas
donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera
una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase
y no resiste al placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes
después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garaje. No había
patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso
desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella
había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja
llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que
era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te
lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un
borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca
abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer
sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.
Esa misma mañana
miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste a mediodía: casi
inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado
los noticiosos) alejaba a las patrullas urbanas de su rutina; al anochecer
volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste
hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde
lejos descubriste el otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan
pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed
y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violeta de donde
parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a
puñetazos. Ya sé, ya sé, ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué
mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós
y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi
refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme
hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces,
así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que
salías por la noche para hacer otros dibujos.
© Julio Cortázar: Queremos tanto a Glenda,
1980.
Consigna de escritura
Elegí una de las siguientes imágenes de graffitis y narrá la historia de su aparición. Para eso tené en cuenta lo siguiente: Elegí quién o ...
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Elegí una de las siguientes imágenes de graffitis y narrá la historia de su aparición. Para eso tené en cuenta lo siguiente: Elegí quién o ...
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A Antoni Tàpies Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar el dibujo al lado del tuyo,...